martes, 14 de enero de 2014

Atardecer para un poema

El sol se sumergía lánguidamente entre los celajes magentas; era una enorme esfera púrpura, como un ojo colmado de fuego que se comía los cerro. Creo que era enardecido ojo de Dios.

Más tarde se ocultó y sólo quedaron los nubarrones saturados de un color sepia escarlata, en seguida la tarde se puso su antifaz y se hizo desentendida. Como que no miraba.

El aire acarreó de los alcores los olores de la noche, de los liquidámbares los pinos y robles y la canción de los cucúes.

Aquí, así es, el céfiro lleva y trae y el pueblo no se mueve, se queda quieto como un animal que sestea bajo un árbol, es como un pájaro que canta en las ramas de un ciprés; a veces retoza con la brisa, a veces con la neblina, a veces travesiea solo, medio arisco a ratos, a veces manso y otros días no se deja ver.

Al amanecer huele a café recién molido, al atardecer a ocote viejo recién cortado.

Es nostálgico como una estación de tren abandonada a la seis de la tarde; tiene el trajinar del camino viejo y la balada de la garúa naciente. Susurro de pino que coquetea con el viento.








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